Desmitificando mi origen. Capítulo 2 “Nunca fui”

Las certificaciones de lo nacional tienen su encanto. Y más si se revisten de ingenuidad. El reflejo de una mega ciudad frente a otra pequeña solo puede generar asombro, respeto y envidia. Soy de los que creen que el problema va más por el lado de la cantidad que de la calidad. En mi ciudad (D.F.) todo está multiplicado por 10, de verdad: todo.

Montevideo es una ciudad en que todo pasa “tranqui”: el ritmo simbolizado por un tango de Gardel (uruguayo según algunas teorías), una brisa de las temibles semillas de plátano, el canto de una ave que transita en pleno “Tres cruces” y colores grises de fondo, es un escenario que denota el “caos” uruguayo. Por difícil que pueda imaginarse así la capital de un país.

En el mismo sentido suceden muchas acciones. Una que me conmueve mucho es la ausencia de la llamada seguridad pública, no existe, por lo menos ni en comparación de cualquier ciudad mexicana. Acá es viable cancelar eventos por la lluvia, una feria callejera logra hacer que las plazas comerciales no abran los domingos, los sábados por la tarde las calles son desierto, no hacen fila, ceden el paso a las bicicletas, puedes dejar la bicicleta sin candado (en algunos lugares), hay muy pocos comercios abiertos después de las seis de la tarde, la calle no se comercializa con el tema de los estacionamientos, hay mucha gente que se sienta por horas a ver el mar, por mencionar algunos ejemplos.

Y cuando llega la inevitable comparación con mi ciudad, reitero mi asombro, respeto y envidia.

Se comprueba así que la cantidad termina definiendo el rumbo de la calidad. En una ciudad con poco más de un millón trescientos mil habitantes todo es “tranqui”. Desde ahí me han justificado su estancia varias personas foráneas y tiene todo el sentido.

“Nunca fui” es como responden algun@s cuando pregunto si conocen mi ciudad. En pretérito indefinido, sí, como si no tuvieran más oportunidad de ir. Una respuesta que de primera me parece de resignación, pero es otra muestra de lo “tranqui” que se encara la vida en esta aldea del mundo: no les inquieta y ni ganas de pensarlo, eso ni nada que implique mucho movimiento o exigencia.

Es probable que así también se explique la proliferación de artistas del bolígrafo y el instrumento musical en este país; se dice que hay más músicos que instrumentos. Quizá la calma y la forma distendida en que contemplan su entorno les haga tener la templanza suficiente para encerrarse con un instrumento hasta conquistarlo o escribir con la cadencia necesaria.

Hay ciudades que respiran, hay otras que palpitan.

 

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